Evaluando la calidad

A la hora, de determinar la calidad de la enseñanza nos enfrentamos a un problema complejo. Existen múltiples parámetros y condiciones que afectan en diferente medida en varios ámbitos al proceso de enseñanza-aprendizaje: sociales, económicos, interpersonales, familiares… y no es nada sencillo parametrizar de forma objetiva todos estos factores. Por ello, las evaluaciones suelen incorporar un componente subjetivo importante y su validez queda sujeta a determinadas premisas o condicionantes iniciales que, de no ser totalmente ciertas, afectarían al resultado desvirtuando el estudio.

Por ello, cuando intentamos fijar objetivamente criterios que se correlacionen con la calidad tendemos a pensar en “resultados finales“. Sin embargo, en gran medida, los resultados están condicionados a la tipología de alumnado que llega a nuestras aulas y no tanto al proceso de enseñanza que recibe por nuestra parte. En mi opinión, el interés del alumno por la materia, la motivación e implicación familiar son mucho más importantes en esa medida que la propia acción docente. De hecho, nuestra tarea es realizada generalmente de forma común para todo el alumnado del grupo y sin embargo observamos grandes discrepancias entre individuos que evidencian grandes diferencias no asociadas a la práctica docente. No debemos asumir como nuestros los éxitos de nuestros alumnos ni por contra, culparnos de sus fracasos.

Por mi parte, siempre he considerado que una medida objetiva más acertada sobre la calidad de la enseñanza se podría calcular con la “dedicación exclusiva” al alumnado. Es decir, si reparto mi tiempo con ellos durante un curso, ¿a cuántas horas de docencia directa en exclusiva toca cada uno? De esta manera, tenemos como fundamento de la medida tanto la carga horaria de la materia como principalmente el ratio de alumnado por aula, y aunque existan otras componentes alrededor del proceso y siga siendo un parámetro de escaso valor, creo que recoge de forma más precisa el objetivo de calidad que no el engañoso “porcentaje de aprobados”.

Veamos un ejemplo: En una clase de Informática de 2º de la ESO se imparten 2 sesiones semanales para un grupo de unos 20 alumnos. Con un sencillo cálculo, podemos ver que: 2 horas semanales x 30 semanas lectivas = 60 horas de docencia. Si repartimos las 60 horas entre los 20 alumnos, obtenemos la maravillosa cifra de “dedicación exclusiva” de 3 horas.

Resulta evidente que si abstraemos la idea, podríamos llegar a pensar que la intervención realizada por el docente en exclusiva para un alumno concreto es equivalente a 3 horas de dedicación durante un año entero de formación. Quizás dicho así suene muy fuerte, o incluso muy irreal, pero creo que la idea a transmitir se acerca a la realidad más de lo que podamos pensar en un principio.

Siguiendo con el ejemplo: Entonces, si mi hijo recibe solo 3 horas de atención directa durante un curso, ¿qué ocurre el resto del tiempo? Pues bien, el alumno trabaja de forma autónoma, o al menos, se supone que lo intenta. El docente no dispone de más tiempo (un mísero 5%) y la consecuencia es que se necesita una gran capacidad de autonomía por parte del alumno para rentabilizar el tiempo de aprendizaje autónomo (95%)

En base al criterio de “dedicación exclusiva” se pueden determinar valores objetivo a cumplir para poder “acreditar” un nivel de calidad objetivo. Y para ello solo tenemos dos factores que podríamos variar: el tiempo total de la materia y el número de alumnos en el aula. Por ello, el primer paso consiste en reducir los ratios, que de forma directa va a redundar en mejorar la relación entre dedicación exclusiva y tiempo de trabajo autónomo. Incluso tras hacer una reducción de ratios en las aulas, sería interesante en algunos casos, con el fin de no diluir el aprendizaje, eliminar materias con baja carga horaria en algunos cursos para acumular esas horas en otros cursos de manera más intensa.

En nuestro ejemplo: reduciendo el número de alumnos de la clase de Informática de 2º de la ESO a 10 alumnos, conseguimos duplicar la cifra de “dedicación exclusiva” a 6 horas y con ello la calidad del proceso de enseñanza.

En definitiva, evaluar la calidad es complicado pero me parece evidente que es un error queder medirla a través de resultados y pienso que el concepto de dedicación resultaría más interesante para conseguir una educación de calidad. ¿Y vosotros qué pensáis?

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